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¿Qué pasará el día que nadie ocupe esa silla?

  • 8 jul
  • 3 min de lectura

Actualizado: hace 3 días

Hay preguntas que no buscan una respuesta inmediata. Buscan despertar conciencia.



Durante la reciente ponencia de nuestro socio Jaime Olvera, el Club Rotario Plateros Centro Histórico no recibió únicamente una reflexión sobre la membresía o la asistencia a las sesiones. Recibió una invitación a mirar hacia el futuro con honestidad y a preguntarnos qué tipo de club estamos construyendo para quienes vendrán después de nosotros.


Rotary nació hace más de ciento veinte años gracias a una idea extraordinariamente sencilla: reunir a personas con distintas profesiones y talentos para construir amistad, confianza y servicio. Aquella mesa de cuatro personas en Chicago terminó convirtiéndose en una organización global capaz de erradicar enfermedades, llevar agua potable a comunidades enteras, impulsar la educación y formar líderes comprometidos con el bien común. Sin embargo, todos esos logros tienen un mismo punto de partida: un club vivo.


Antes de cualquier gran proyecto, antes de cualquier subvención global o iniciativa internacional, existe una sesión semanal donde las personas deciden encontrarse. Es ahí donde nacen las ideas, donde se fortalecen las amistades, donde se descubren nuevos liderazgos y donde el servicio deja de ser un concepto para convertirse en acción.


Por eso resulta inevitable hacerse una pregunta que, aunque incómoda, merece toda nuestra atención: ¿qué ocurre cuando un club deja de entusiasmar a sus propios socios?


Las sillas vacías no representan únicamente una menor asistencia. Son el reflejo de conversaciones que dejamos de tener, de ideas que nunca llegaron a compartirse y, en ocasiones, de personas que dejaron de sentirse parte de una comunidad que alguna vez las inspiró.


Quizá por eso Rotary ha entendido que el futuro no depende únicamente de crecer en número, sino de evolucionar. En los últimos años, la organización ha impulsado nuevos modelos de membresía, ha fortalecido los programas para jóvenes líderes, ha abierto espacios más diversos e inclusivos y ha promovido una cultura donde las nuevas generaciones puedan aportar una visión diferente sin perder la esencia que ha distinguido a Rotary durante más de un siglo.


Pero ningún cambio institucional será suficiente si cada club no se hace primero una pregunta mucho más cercana.

¿Entraríamos hoy a nuestro propio club si lo conociéramos por primera vez?

Las nuevas generaciones buscan propósito, comunidades auténticas y espacios donde sus ideas sean escuchadas. Buscan organizaciones capaces de inspirar, pero también de evolucionar. La buena noticia es que Rotary posee todo eso. Lo que necesita es que cada uno de nosotros vuelva a creer que las sesiones son mucho más que una reunión semanal: son el lugar donde se construye la cultura del club.


Un club sano no se sostiene únicamente por una buena administración, ni por la experiencia de quienes llevan muchos años sirviendo. Se fortalece cuando cada socio asume que también es responsable del ambiente que se vive en cada reunión; cuando propone, escucha, acompaña y hace sentir a otros que su presencia importa.


La reflexión compartida por nuestro socio no fue un llamado a preocuparnos por la membresía. Fue una invitación a recuperar aquello que siempre ha dado vida a Rotary: el compañerismo, la conversación, la participación y el compromiso compartido de servir.



Porque el día que una silla quede vacía, lo verdaderamente importante no será quién faltó a la sesión. Lo importante será preguntarnos qué estamos haciendo para que alguien desee volver a ocuparla.


Y quizá esa sea la reflexión más valiosa de todas. El futuro del Club Rotario Plateros Centro Histórico no dependerá únicamente de las personas que invitemos mañana. Dependerá, sobre todo, de la experiencia que seamos capaces de construir hoy.

Un club que inspira a sus propios socios siempre encontrará la manera de inspirar a muchos más.

 
 
 

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